domingo, 24 de noviembre de 2013

Cuentos espirituales -Jesús y el mundo - Enmanuel

 
   Si Jes�s no tuviese confianza en la regeneraci�n de los hombres y en el perfeccionamiento del mundo, naturalmente, no habr�a venido al encuentro de las criaturas y no habr�a caminado en los oscuros caminos de la Tierra.

              Por eso, no podemos perder la esperanza y no nos cabe el des�nimo, delante de las peque�as y benditas luchas que el Cielo nos concedi�, entre las sombras de las humanas experiencias.

              De la escuela del mundo surgieron diplomados en santificaci�n, esp�ritus sublimes, que hoy se constituyen en benditos patrones de la evoluci�n terrestre.

              No nos compete menospreciar el plano de aprendizaje que nos alimenta y nos abriga, que nos instruye y nos perfecciona.
                                                                     

              Si el mejor no auxilia al peor, en vano aguardaremos la mejor�a de la vida.

              Si el bueno desampara al malo, la fraternidad no pasar�a de mera ilusi�n.

              Si el sabio no ayuda al ignorante, la educaci�n redundar�a en mentira peligrosa.

              Si el humilde huye del orgulloso, surgir�a el amor como vocablo in�til.

              Si el aprendiz de la gentileza menoscaba al prisionero de la impulsividad, el desequilibrio comandar�a la existencia.

              Si la virtud no socorre a las v�ctimas del vicio y si el bien no se dispone a salvar a cuantos se arrojan a los despe�aderos del mal, de nada servir�a la pr�dica evang�lica en el campo del trabajo que la Providencia Divina nos confi�.


El Maestro no era del mundo, pero vino hasta nosotros para la redenci�n del mundo. Sab�a que sus disc�pulos no pertenec�an al acervo moral de la Tierra, pero los envi� a convivir con los hombres para que los hombres se transformasen en servidores devotos del bien, convirtiendo al Planeta en su reino de Luz.

              El cristiano que huye al contacto con el mundo, con el pretexto de resguardarse contra el pecado, es una flor parasitaria e improductiva en el �rbol del Evangelio, y el Se�or, lejos de solicitar ornamentos para su obra, espera trabajadores abnegados y fieles que se dispongan a remover el suelo con paciencia, buena voluntad y coraje, a fin de que la Tierra se habilite para la siembra renovadora del gran Ma�ana.
             

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